27 de octubre de 2008

¡¡Mi cocheeee!!

Ha llegado el coche. Después de tanto rollo con los dichosos papeles para poder ir a recogerlo al puerto (se han tirado más de una semana intentando encontrar maneras para cobrarnos más de lo que ya habíamos pagado para traerlo), el otro día fui a buscarlo. Después de recorrer el puerto con cara de despistada, pararme detrás de una fila de camiones, dar un par de vueltas a lo tonto y decidirme, finalmente, por preguntar dónde era, encontré el almacén donde tenían el container. Y no fue fácil hablar con el encargado, un espécimen digno de ser llamado “el eslabón perdido”, con olor a chimichurri, una camiseta naranja fosforita llena de mierda, cara de llevar de resaca desde el año pasado y un único brazo. Me daban escalofríos sólo de mriarlo... y después casi me da algo cuando se puso a rascarse la espalda y me enseñó la raja del culo... una visión que mucho me temo ha quedado grabada a fuego en mi cerebro por siempre jamás.
Después de comprobar que tenía todos los papeles y hacerme preguntas del tipo “si no eres capaz de decirme exactamente el número del container que tengo que abrir no te doy el coche”, tuve que esperar a que viniese un guardia civil a abrirlo y controlar lo que había dentro (ni que haya metido el arca de noé en el maletero), para dar el visto bueno y sacarlo. Esta operación, aparentemente sencilla, duró aproximadamente una hora porque luego tuve que esperar a que viniese alguien a quitarle los “arneses” y luego a que viniese alguien a sacarlo, cosa que también podía hacer hecho yo, pero bueno.
Y así, hora y media después de mi entrada en el puerto y tras saludar a los de la aduana con cara de buena para que no me parasen (que no tenía nada que esconder, ¿eh? Pero tampoco me apetecía tirarme allí toda la mañana), salimos mi coche y yo triunfantes, dispuestos a perdernos por estas nuevas carreteras y aterrorizados pensando que si nos descuidamos podemos acabar en Cuenca.
Próximo objetivo: ser capaz de ir de excursión sin perdernos.