18 de junio de 2012

Paranoia sobre los juguetes.

No es Navidad. Y no es mi cumpleaños. Pero aquí estoy, sentada en el sofá escribiendo esto mientras a mi lado descansa un descapotable de juguete color rosa chicle de 5 pesetas con una barriguita, un bebé barriguita y un perrito dentro. Qué mono es el conjunto. No se parece en nada a las barriguitas de mi época, pero hay que reconocer que son simpáticas.
Pero hay algo que sí tienen en común con los juguetes antiguos: el embalaje infernal que hace que sacarlo de la caja sea una especie de tortura sin fin elevada a la máxima potencia.
¿Por qué?, ¿por qué cierran las cajas con metros de celo que hay que romper con un cuchilloo de sierra porque hacerlo a mano es imposible?, ¿por qué cada pieza va sujeta a toneladas de cartón con esos alambrillos de pan bimbo, tan retorcidos que ya ni siquiera caben por el agujero por el que entraron?, ¿por qué las piezas pequeñas llevan una goma fina y trasnparente casi imposible de ver aunque te estés dejando las uñas intentando tirar de ella?
Me imagino a la persona que trabaja embalando los juguetes y siento que tiene que ser mala por naturaleza, sino no hya explicación para semejante aberración.
A no ser... a no ser que tenga super poderes y sepa que el mundo va a ser arrasado por vientos huracanados y tifones varios que van a destrozar todo en la tierra, salvo los juguetes que aguanten en sus cajas y que, en realidad, no son simples juguetes sino pequeños robots diseñados para ayudar a la humanidad a sobrevivir al desastre y convertir el mundo en un lugar lleno de descapotables rosa chicle y animalitos monísimos con lacitos rosas anudados al cuello.
Sí, va a ser eso.