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18 de junio de 2012

Paranoia sobre los juguetes.

No es Navidad. Y no es mi cumpleaños. Pero aquí estoy, sentada en el sofá escribiendo esto mientras a mi lado descansa un descapotable de juguete color rosa chicle de 5 pesetas con una barriguita, un bebé barriguita y un perrito dentro. Qué mono es el conjunto. No se parece en nada a las barriguitas de mi época, pero hay que reconocer que son simpáticas.
Pero hay algo que sí tienen en común con los juguetes antiguos: el embalaje infernal que hace que sacarlo de la caja sea una especie de tortura sin fin elevada a la máxima potencia.
¿Por qué?, ¿por qué cierran las cajas con metros de celo que hay que romper con un cuchilloo de sierra porque hacerlo a mano es imposible?, ¿por qué cada pieza va sujeta a toneladas de cartón con esos alambrillos de pan bimbo, tan retorcidos que ya ni siquiera caben por el agujero por el que entraron?, ¿por qué las piezas pequeñas llevan una goma fina y trasnparente casi imposible de ver aunque te estés dejando las uñas intentando tirar de ella?
Me imagino a la persona que trabaja embalando los juguetes y siento que tiene que ser mala por naturaleza, sino no hya explicación para semejante aberración.
A no ser... a no ser que tenga super poderes y sepa que el mundo va a ser arrasado por vientos huracanados y tifones varios que van a destrozar todo en la tierra, salvo los juguetes que aguanten en sus cajas y que, en realidad, no son simples juguetes sino pequeños robots diseñados para ayudar a la humanidad a sobrevivir al desastre y convertir el mundo en un lugar lleno de descapotables rosa chicle y animalitos monísimos con lacitos rosas anudados al cuello.
Sí, va a ser eso.  

25 de noviembre de 2008

Demasiada información.

Menudo chasco me he llevado. Bueno, chasco y cabreo. Os cuento lo que me ha pasado, a ver si es que me he vuelto loca y lo estoy exagerando.
No sé si conocéis la margarina Artua, uno de esos pringues que se usan para desayunar untados en una tostada o para hacer croquetas de jamón que están super ricas... Yo siempre he usado esa, al menos desde que tengo uso de razón (de hecho, casi me hecho a llorar cuando me mudé a Canarias y descubrí que también la vendían allí... ¡¡qué ilusión!!), así que hace un par de meses, cuando ví la última promoción que han sacado pensé "esta es la mía". En teoría era sencillo: enviando tres tapas de aluminio te regalaban un exprimidor (aparato que me viene bastante bien porque el mío está en estado comatoso y al borde de la muerte). De modo que me empapucé a Artua, hice croquetas, brownies y todo lo que se me pasó por la imaginación para poder juntar las tres tapas, y cuando ya las tengo y estoy a punto de mandarlo leo la letra pequeña y pone que hay que enviar "las tres tapas y el tiquet de compra"... ¿¿¡cómo!??
¿Para qué co** quieren el tiquet?, ¿están insinuando que lo he robado?, ¿no se fían de mi honestidad y suponen que la crisis me ha llevado al extremo de arrancar las tapas de alumino en el super y devolver el bote de Artua a la estantería?, ¿o acaso creen que he obligado a una pobre viejecilla a comprármelos, en cuyo caso debería darles igual porque la cuestión es que consiga las tres tapas y no cómo las consiga?
Peor aún, ¿por qué tengo que darles tanta información? No creo que nadie vaya al super a comprar sólo eso, así que si les doy el tiquet podrán saber qué compro, en qué cantidades, cada cuanto tiempo, cómo pago, a qué hora voy al super, en qué día... ¿para qué necesitan tanta información?, ¿pretenden utilizarme como objeto de estudio sin darme nada a cambio? (un triste exprimidor no me parece suficiente pago para tantos datos, la verdad), ¿en qué clase de mundo vivimos? A este paso vamos a tener que mandar un análisis de sangre completo para poder participar en cualquier sorteo... ¡¡no me parece justo!!

3 de septiembre de 2008

Tipos de recuerdos.

Comencemos esta entrada diciendo que el otro día me quedé pasmada ante dos descubrimientos: 1) he estado en la plaza de toros de Bilbo (esa que no sé ni situar en el mapa) y 2) ¡¡he estado en un concierto de Mecano!! Actividades que parece ser llevé a cabo al unísono... vamos, que les vi en concierto en la plaza de toros.
No es que me avergüence de este último hecho, para nada, siempre he considerado que es un gran grupo y ahora entiendo por qué en su momento pedí que me regalaran una cinta (que seguro que todavía está en algún rincón de la casa de mi ama); pero resulta desconcertante que alguien te hable de cosas que has vivido y a las que eres totalmente ajeno... vamos, que te las crees porque no te quema más remedio y porque quien te lo cuenta es de confianza.
Y todo ello (eso y que tengo mucho tiempo libre) me ha hecho reflexionar sobre el tipo de recuerdos que existen en el mundo (independientemente de que sean buenos o malos).

* TIPO 1: Los de verdad.

Son esos recuerdos reales de los que nos acordamos sin tener que recurrir a terapias intensivas con psicólogos en potencian que tratan de desbloquear algún tipo de trauma para creer que se han ganado su sueldo.

* TIPO 2: Los de mentira.

También conocidos como películas mentales. Son más recurrentes durante la infancia ("el año pasado, estando de vacaciones, vi un dragón bañándose en la playa y nos hicimos amigos") y la adolescencia ("que sí tía, que el año pasado me lié con el tío super bueno de clase... osea te lo juro por Snoopy...").

* TIPO 3: Los de "¿¿¡¡¡pero cómo no te vas a acordar!!!??".

En estos mi ama tiene un master. Creo que lo más sencillo es recurrir a un ejemplo para explicar en qué consisten.

- Ama: ¿Te acuerdas de cuando estuvimos en Granada?
- Yo: ... eeeehhhhhh... No.
- Ama: Que sí mujer, que lo pasaste muy bien.
- Yo: Ya, ¿ eso en qué año fue?
- Ama: Déjame pensar... pues en el verano del 81.
- Yo: Ama, nací en el 80... estuve en Granada con año y medio...
- Ama: ¡¡¡Pero cómo no te vas a acordar con la buena memoria que tú tienes!!!

En estos casos lo mejor es recurrir al siempre útil "oye, pues ahora que lo dices sí que me acuerdo", porque si lo niegas te bombardean con más datos que por supuesto tienes que tener grabados a fuego vivo en tu cerebro... aunque pasaran cuando todavía ibas dentro del cochecito de capota.

* TIPO 4 (los peores de todos): Los que son reales pero como sólo tú los recuerdas, se empeñan en decirte que son mentira.

Estos me tienen totalmente traumatizada. Yo tengo buena memoria (a veces me doy miedo a mí misma de lo precisa que puedo llegar a ser), así que cuando sé que algo pasó y me lo niegan... ¡¡¡me cabreo mucho!!! Una vez más, recurramos a un ejemplo (un trauma infantil que me acompañó hasta los 17 años).
Resulta que cuando era pequeña me quedé encerrada con una amiga en la habitación de mi hermano. Posiblemente no fue nada grabe, pero yo lo recuerdo con todo lujo de detalles: la puerta blanca, a mi amiga y a mí sentadas en la cama esperando que alguien la tirase abajo y a la gente al otro lado diciéndonos que no pasaba nada y que en poco tiempo nos iban a sacar.
Bueno, pues eso, QUE ES ABSOLUTAMENTE CIERTO, me lo estuvieron negando hasta los 17 años. Siempre me decían que no lo recordaban y, por tanto, que no había pasado (¡cómo no!); hasta que un día, el año que cumplí 16+1 (no me preguntéis por qué, pero no me gustaba decir 17... tonterías adolescentes), me reencontré con la amiga que había estado conmigo en esa situación... ¡¡¡y ella también se acordaba!!! Siempre le habían dicho que no... ¡¡¡pero por fin teníamos la prueba definitiva!!! De modo que me armé de paciencia y, sentada frente a mi madre, la interrogué hasta que lo reconoció. Fue como ganar una gran batalla, me sentí la reina del mundo. No me había vuelto loca. No me inventaba cosas (parece ser que era la habitación de mi hermano pero en una casa de veraneo... detalles insignificantes). Los que tenían mala memoria eran ellos.
Como este ejemplo, hay muchos más. Y es que los adultos (yo no seré uno de ellos hasta que cumpla... no sé, 120 años) son malos y tratan de borrar los recuerdos ajenos intentando ocultar que su memoria falla.
Por eso quiero hacer un llamamiento desde aquí a todos los recuerdos frustrados, semiolvidados y negados del mundo... ¡¡uníos y mostraos al mundo!!

25 de agosto de 2008

Esos momentos.

Todos padecemos más de lo que nos gustaría esos momentos en los que la situación es tan violenta que te quieres morir o por lo menos que te abduzcan los marcianos y te devuelvan a la tierra 50 años más tarde (aunque creo que caerte al suelo de bruces, a un charco, en un día lluvioso, delante del chico que tú consideras más guapo del mundo y que por supuesto te gusta y no sabe que tú existes sólo me pasa a mí, ¿verdad?) y yo pensaba hasta hace un par de años que subir en el ascensor con el vecino al que no entiendes cuando te habla y al que siempre respondes con monosílabos y movimientos de cejas suplicando dar la respuesta acertada era una de las peores situaciones... hasta que vine a a vivir a un segundo piso sin ascensor... y con una señora mayor de vecina.
Cabe decir que desde que se ha echado novio parece que ha rejuvenecido unos 20 años y que a veces me parece tener más vitalidad que yo, pero aún así cuando llegamos a casa al mismo tiempo siempre te dice "sube tú primero, que vas más rápido"... ya...
Puedes tener los pies llenos ampollas, llevar 7 horas fuera de casa y desear que venga un perro rabioso para que te los devore o incluso venir cargada del súper con 800 bolsas que pesan unos 2.000 kilos cada una... pero ella supone que vas a ser más rápida. Cómo no.
Y claro, eso no es lo peor... nooooo... lo peor es que, como va detrás de ti, eres plenamente consciente de que te está mirando el culo. Es lógico, es lo que tiene ir delante, pero no resulta nada agradable saberlo. Entonces empiezas a intentar ir más rápido sin resoplar (no vaya a parecer que no puedes ni respirar), al tiempo que tienes que contestar a frases chorras del tipo "estas escaleras cada día cuestan más, ¿eh?" y sonreír, porque aunque vaya tras de ti, como buena viejecilla que es, te está viendo la cara (debe de ser un poder que se adquiere con la edad) y vigila cada uno de tus gestos para contárselos a las vecinas.
Y hoy, para no variar, lo he sufrido con 30 grados en la calle, una tripa de 5 meses, dos bolsas del súper... y la vieja detrás, metiendo prisa y midiendo mentalmente mi culo... ¡qué horror!!

13 de agosto de 2008

El dedo que no se cura.

Tengo un dedo que no se me cura. Yo no sé si es que el pobre es gafe o es que es la prueba viviente de que soy un poco torpe... pero creo que va a ser la segunda opción...
Es el dedo corazón de la mano derecha... vamos, que más en medio no puede estar. Creo recordar que lo primero que le pasó fue que me lo corté con una tijera (o un cuchillo, no estoy muy segura) y estuvo una temporada cubierto por un tirita. Cuando decidí descubrirlo y enseñarle mundo aún estaba sensible y yo, que soy más bruta que un arado y no me acordaba, me puse a lijar una caja de madera y conseguí una ampolla preciosa justo en la yema del dedo, en la parte que estaba en periodo de recuperación.
Tras muchos días con la bendita ampolla incordiando, y cuando parecía que empezaba a curarse del todo, me lo quemé sacando la bandeja del horno... y vuelta a empezar...
Y por si eso fuera poco, el otro día me corté de nuevo al limarme las uñas... ¡¡¡pero qué me pasaaaaaaa!!!, ¿por qué lo torturo de semejante manera?
Ahora mismo tiene la piel tiesa, como las caras de las viejecillas ricas que salen en los programas sobre familias con pasta de Beverly Hills. A simple vista puede parecer un dedo normal pero yo, que vivo con él, sé que está psicológicamente trastornado y que tiene tendencias suicidas (hace cinco minutos estaba preparando la comida y ha saltado como un loco al filo del cuchillo... eso no es sensato hombre...).
Sé que lo normal sería asumir mi culpa y reconocer que la causante de todos sus males soy yo pero... ¿y si en realidad es un dedo mártir?, ¿y si su meta vital es suicidarse en pro de la evolución para que mis hijos nazcan sólo con 4 dedos, funden una fábrica de guantes con 4 dedos y se hagan multimillonarios?, ¿y si yo, al intentar protegerlo de su instinto amputador, estoy guiando a mi familia a la pobreza más absoluta... y encima con un dedo más que alimentar?, ¿y si soy el eslabón perdido entre los humanos y los Simpsons?
Dios, cuanta responsabilidad...

31 de julio de 2008

¿Qué pasaría si fuese rica?

Ayer por la tarde estábamos dando una vuelta cuando al pasar por delante de una administración de lotería vimos un cartel en el que ponía: "bote: 17 millones de euros"... ¡¡eso son muchos millones!! Entonces, como es habitual en los humanos, nos pusimos a divagar sobre qué haríamos con ese dinero.
Fuera aparte de lo típico de "me compraría una casa enorme con piscina" (¿una?, con esa pasta me compro tres o cuatro), intentamos ir más allá: ¿cambiaríamos?, ¿seguiríamos teniendo los mismos gustos?, ¿o nos convertiríamos en esa gente rica que sale en la tele y que tiene hasta los tapones de la bañera de oro?
Yo sé que me montaría un taller de manualidades del copón (no descarto contratar a alguien para que lije las cosas... ¡¡es una lata!!) y que les compraría una casita a mis peluches donde estuviesen protegidos del polvo y no existiesen esos carteles estúpidos que hay en las jugueterías en los que pone "prohibido tocar" (¿cómo se puede comprar alguien un peluche sin achucharlo primero? es absurdo...). Pero la duda es, ¿seguiría buscando tiendas baratas de pegatinas?, ¿me compraría todos los peluches que me gusten sin tener que sacrificar darles un hogar por falta de sitio y dinero, que es lo que me pasa ahora?, ¿seguiría comprando los DVD de Disney en el "Media Market" porque son más baratos que en la "Disney Store"? Hacer todas esas cosas son parte de mí, al igual que tener un Clio que no puede correr mucho (nunca he superado los 100 km/h y no necesito más... aunque quizá me gustaría uno con aire acondicionado), un reloj de pulsera sin diamantes rosas incrustados en las manillas, y un móvil que no puede viajar al espacio él solo, contactar con los marcianos y volver a contarnos qué le han dicho.
Es fácil decir "yo seguiría siendo como ahora" pero... ¿de verdad nos gustaría seguir siendo pobres... pudiendo ser ricos?

25 de julio de 2008

Buscando el sol... que más quema.

Empecemos haciendo dos aclaraciones:
1ª A pesar de ser de Bilbo, y tal y como muchos de vosotros sabéis, vivo en Canarias.
2ª ¡¡No es verdad que no me gusta la playa!!
Ahora es cuando me explico.
Soy blanca... muy blanca. De hecho, me atrevería a decir que soy transparente (tanto que brillo en la oscuridad, como las pegatinas con forma de estrellita que tenía en el techo de mi antigua habitación). Y me quemo con nada. Da igual que me eche cremas de alta protección (incluso extrema), me esconda en las sombras de las palmeras o me entierre en la arena; la primera vez que estuve en esta isla acabé como un langostino a la parrilla... ¡¡y sólo por dar un paseo en la playa!! Y eso explica, entre otras razones, que la gente piense que no me gusta la playa... ¡¡porque nunca estoy dispuesta a ir a las horas que quieren ir!!
Mi marido y yo solemos ir al sur, a eso de las 5 de la tarde y a una playa enorme en la que no hay un paseo cerca donde se ponga la gente a mirar cómo se te marca el michelín (¿por qué nos da vergüenza que nos vean en ropa interior y tenemos que estar a gusto en bañador?, ¡¡¡pero si son más indiscretos todavía!!). Las cosas como son: para cuando llegamos la gente está levantando el campamento y ya no sientes que el sol te arranca la piel a tiras, pero es la única manera de no acabar como un camarón cocido. Si por mí fuera, me tiraría la vida metida en el agua o haciendo castillos de arena, en contra de lo que cualquier persona que me conoce diría. ¿Y la piscina? La última vez que estuve en un hotel con piscina salía del agua porque Antonio me "obligaba" para echarme crema, que sino podía estar todo el día dentro... y no estoy exagerando.
Así que no entiendo cómo la gente va a achicharrarse al sol a las 2 de la tarde y luego te ponen carita de pena cuando se abrasan... ¡yo se lo advertí! Una amiga mía, que según ella no se había quemado nunca, acabó con un bote de aftersun como mejor aliado... ¡pero sigue "enfadándose" conmigo porque no voy con ella a la playa a esas horas!
Hay cosas incomprensibles, y esta es una de ellas.
Así que, que quede claro: me gusta la playa, me encanta la piscina, mi capacidad para estar tumbada al sol sin hacer nada ronda los 15 minutos (como máximo)... ¡¡¡y nunca iré con vosotros a la playa!!! Mis michelines me lo prohíben.

29 de junio de 2008

La rebelión de los carritos.

Ayer comenzó el principio del fin. Lo que todos los humanos sabíamos que llegaría en algún momento y rezábamos porque no ocurriese en nuestra presencia... se hizo realidad. Y es que, delante de mis propios ojos, los carritos del supermercado comenzaron a apoderarse del mundo. Lo descubrí en el parking de un centro comercial al que acudo con bastante regularidad y en el que, en contra de lo habitual, había carritos por todas partes. No estaban en fila como siempre (atados con cadenas como si fuesen esclavos), sino ocupando plazas de aparcamiento, impidiendo la entrada a determinados carriles y alguno que otro desperdigado, como si fuese el vigía de la zona.
Y tuve miedo, mucho miedo porque, ¿qué pasaría si finalmente se revelasen contra nosotros? Razones no les faltan, desde luego. Están ahí, ansiosos porque alguno de nosotros lo adopte y le dé un hogar calentito y cariñoso... y nosotros sólo los utilizamos como mulas de carga, los abandonamos de nuevo a su cruel destino y, lo peor de todo, si están tullidos no los queremos; los apartamos cuando tienen el manillar roto, están demasiado mugrientos o se les tuerce alguna rueda hacia un lado... ¿pero por qué somos tan crueles?, ¿acaso pensamos que por ser de metal no tienen corazoncito?, ¿que por parecer cárceles con ruedas no tienen derecho a que se les quiera?, ¿que por ser un híbrido satánico entre cuna y cochecito de paseo no se merecen una vida digna?
Una vez escuché que ellos son el segundo vehículo de cuatro ruedas mas utilizado en el mundo... ¿qué vamos a hacer si desaparecen?, ¿por qué no somos capaces de apreciar su trabajo y su sacrificio? Porque nadie quiere pensar que el carrito al que están unidos por la cadena y que nosotros soltamos con un euro igual es su mamá, a la que no volverá a ver nunca más por nuestra culpa y que quizá por eso está triste, no va recto y se empotra contra las baldas...
Y es que los humanos no tenemos corazón.

19 de junio de 2008

El tiempo de espera.

Desde que tengo este blog he descubierto que me molestan muchas más cosas de las que pensaba porque muchas de las entradas comienzan con un "hay cosas que me cabrean"... y esta es una de ellas.
Ayer fuimos al dentista a que torturasen un poquito a mi marido (¡¡pooooobre!!) y pasó lo de siempre: llegamos puntuales, incluso me atrevería a decir que con 5 minutos de antelación... ¡¡y no entramos en la consulta hasta 50 minutos después!! No lo entiendo: o estamos todos todos tontos o es que la gente no sabe interpretar los relojes (debieron de perderse ese capítulo de "Barrio Sésamo").
Por supuesto, tú no puedes llegar tarde; si lo haces te miran como si hubieses matado a alguien de la manera más cruel del mundo y te dicen que ya han pasado a alguien en tu hora y que tienes que esperar... ya... yo llego tarde la única vez en la vida en la que van puntuales... ¡¡qué causalidad!! Y es que es imposible ir al médico (de cualquier tipo) y entrar a la hora. Yo llegué a estar esperando a mi doctora 50 minutos porque llegué 3 minutos tarde... ¿pero qué tipo de venganza es esa?, ¿te graban con cámara oculta mientras te vas cabreando por segundos y la ven mientras se toman un café?, ¿tienen algún tipo de concurso en plan "vamos a ver a cuántos pacientes podemos cabrear hoy: el vencedor se lleva un crucero por el mediterráneo"). Sé que hay gente que pensará: la culpa no es de ellos, es de los que les dan citas cada 5 minutos... ¡¡¡pues que despidan a ese inepto!! Porque en 5 minutos no te da tiempo de sentarte en la silla, decirle al médico que te duele la garganta, que te la mire y que te dé un receta... ¡¡normal que vayan siempre tarde!!!

El gen machote.

Existe un gen en el cuerpo de los chicos: el gen machote. Llevaba tiempo sospechándolo pero esta semana he podido corroborar mi teoría gracias a la Eurocopa (o lo que sea eso que hace que haya fútbol en la tele día sí, día también).
Normalmente cuesta apreciarlo porque al 99% de los tíos les gusta el fútbol.. es una realidad indiscutible. Pero siempre hay excepciones y, en esos casos, es cuando actúa el gen: da igual que el individuo en cuestión nunca vea fútbol, que no se entere de si el equipo de su ciudad está en primera o en segunda (¿por qué hay segunda A y segunda B en vez de tercera y cuarta?), que se la traiga bastante floja los fichajes al comienzo de la Liga o que no le traumatice que un jugador se cambie de equipo... siempre que haya un partido en al tele te mirará y te dirá "déjalo un momento, a ver cómo van". Es altamente probable que no sepa quién está jugando, si el partido es amistoso o la final de algo o si ha oído hablar alguna vez de los equipos, la cuestión es que el gen machote se activará y le dejará pegado a la pantalla durante, como mínimo, 10 segundo.
Y todo esto me lleva a pensar... ¿existirá una versión femenina de ese gen?, ¿estaré yo también afectada por ella?, ¿será por eso que siempre que pillo patinaje artístico en la tele lo dejo?
Qué miedo.

8 de junio de 2008

Mi cara de buena.

Creo recordar que alguna vez os he hablado de que soy como una especie de imán andante para los testigos de Jehová, las señoras que te quieren salvar del demonio ("¡la juventud de hoy en día es la reencarnación de Satanás!") y todo tipo de personajes que "atacan" a la gente por la calle... y es curioso, porque es algo que no termino de comprender.
Por lo general estoy en mi mundo: soy capaz de ir por la calle totalmente abstraída, pensando en mis cosas y no enterarme de nada de lo que ocurre a mi alrededor (todavía no sé por qué nunca me ha atropellado en un coche); es herencia paterna, porque mi aita es igualito. Una vez bajó a buscarme en unos Carnavales porque me había "perdido"; bueno, pues se cruzó conmigo (y vuelvo a repetir que me estaba buscando) y no me vio (¿te acuerdas de ese día, aita?).
Y el otro día me volvió a pasar... al salir del médico. Iba cargada con una caja bastante grande, un libro de 600 páginas, una bolsa llena de cosas de la farmacia (lugar donde me confundieron con un comercial de cremas para el cuerpo... pero esa es otra historia) y un montón de papeles más. Todo esto lo llevaba en el brazo bueno claro, porque el malo es bastante inútil y más a la hora de cargar pesos. La cuestión es que, frente a mi, había un taxi parado con una señora de unos 800 años delante de él. Estaba hecha un cromo, la verdad. Parecía a punto de sufrir un infarto o algo peor. Y, por supuesto, a pesar de que había gente a mi alrededor y que estábamos a la puerta de un ambulatorio lleno de celadores... ¿a quién se le quedó mirando? ¡¡¡a mí!!, ¡¡cómo no!! Empezó a balbucear contra la seguridad social porque no le ponían una ambulancia para ir al médico y, aprovechando que estaba bastante apabullada por la situación... ahí que se me colgó del brazo malo para que la ayudase a subir unas 30 escaleras.
Y no, no fue un gran plan. Porque cargar con un sólo brazo unos 8 kilos de cosas ya es una tarea bastante poco agradable, pero que además una viejecilla se cuelgue de mi brazo malo y haga fuerza en él cada vez que subía un escalón, fue de todo menos divertido.
Pero ahí estaba yo, a modo de bastón humano, esquivando a la gente que bajaba a toda velocidad para que no empujasen a mi nueva "amiga" (y a mí con ella, que tonta no soy) y dándole las gracias a una celador que me abrió al puerta... ¡¡manda huevos!!
Conseguí dejarla sentada en una silla (y sentarla fue complicado, muy complicado) y, tras explicarle en 300 idiomas que tenía que irme y que no podía quedarme con ella toda la mañana, salí despavorida, no sin antes tener que aguantar que el celador que "tan amablemente" me había abierto la puerta me dijera "¡pensé que venía con ella!, sino la hubiese ayudado a subir!".
Y es que estas cosas sólo me pasan a mí, porque estoy convencida de que si pongo un circo no sólo me crecen los enanos, sino que las pulgas se fugan con los elefantes, los acróbatas se parten la crisma y los payasos pillan una depresión.

4 de junio de 2008

La maldición de la tostada.

Todos conocemos leyendas urbanas y mitos difíciles de creer... pero en mi vida, al menos desde que tengo uso de razón, ha existido una maldición: la de la tostada. Pero hoy es un gran día, porque he sido valiente, he reunido todas las fuerzas que tenía por ahí escondidas (incluso la que se ocultaba en la punta del calcetín) y he sido capaz de hacerle frente... ¡¡y vencer!!
Pero vayamos al principio. La maldición de la tostada comenzó muchos años atrás, la primera vez que mi ama hizo tostadas de carnaval (en carnaval, lógicamente). Aunque mi hermano y yo éramos un poco repelentes (en lo que a alimentación se refiere, por supuesto) y sólo nos comíamos los bordes (y las zonas donde se apretujaba la canela, que es lo más rico de todo), las tostadas desaparecían a la velocidad del rayo, casi sin tiempo para dejarlas enfriar y meterlas a la nevera... menos una.
Siempre quedaba una en el plato. Triste. Solitaria. Acomplejada pensando que la culpa era de no tener suficiente canela o demasiado azúcar. Traumatizada por no comprender por qué devorábamos a sus hermanas y sin embargo no nos acercábamos a ella. Nunca encontré una explicación razonable: quizá era vergüenza por comernos la última, vagancia por tener que llevar el plato (ya vacío) hasta la fregadera o, sencillamente, una vertiente más del instinto natural que me impide tomarme el último sorbito del cola-cao. Finalmente, con el paso del tiempo, desaparecía (siempre fue un misterio su destino final).
Con los años he comprobado que la maldición, lejos de desaparecer, ha ido conquistando nuevos terrenos: la última rebanada del pan Bimbo, el último trozo de bizcocho de limón (esto sólo pasa si mi kuñau no anda cerca), la última galleta "príncipe de Beukelaer"... y el último morenito.
Por si alguien no sabe qué es un morenito (cosa que espero no pase, porque son una de las delicias de la tierra... junto a los gusanitos Rufinos), explicaré que se trata de una especie de galleta cubierta de chocolate (está mucho más rico de lo que suena) que fue alimento básico durante mi infancia y que deberían probar todos los seres humanos.
En Canarias, por algún motivo maquiavélico que no alcanzo a comprender, no venden, así que cuando voy a Bilbo me traigo un cargamento completo que distribuyo en el congelador, en los armarios de la cocina... y en la mesilla de noche, por si me entra la neura a las 4 de la mañana.
Bueno, pues de todos los que traje en Navidad... sólo quedaba uno, como no podía ser de otra manera. Estaba en la balda superior del congelador, expectante cada vez que se abría la puerta y mandándome mensajes telepáticos a todas horas.
Y hoy, guiada por el ñajito y por la acuciante necesidad de comer chocolate... me lo he comido. He sido capaz de comerme el último morenito... aún sabiendo que no puedo conseguir ninguno más, que aquí no venden, que tendré que esperar a que algún alma caritativa me mande un cargamento (¡¡¡amatxuuuuu!!!)... pero me siento poderosa, porque me he enfrentado a la maldición yo solita y he salido vencedora... ¡¡ahora sólo falta que llegue Carnaval para hacer tostadas y comerme la última!!

9 de mayo de 2008

Disculpas.

Siento estar desaparecida...
Siento no escribir desde hace tiempo...
Prometo volver pronto...
Demasiados cambios en poco tiempo abruman a cualquiera...

5 de mayo de 2008

La basura.

¿Por qué cuesta tanto bajar la basura? Es una duda que me reconcome las entrañas y me quita el sueño cada noche. Quizá en parte sea por culpa de las 800 bolsas con las que nos juntamos a cuenta de lo del reciclaje: la del papel, la de los residuos orgánicos, la de los envases, la de las pilas (he llegado a reunir suficientes pilas como para poner en funcionamiento todos los mandos de la tele del planeta al mismo tiempo)... y lo que eso conlleva, porque entre ir a un contenedor y otro pueden pasar tranquilamente 15 minutos desde que has salido de casa.
Pero la que más cuesta (junto con las garrafas de agua, que son otra historia) es la basura de toda la vida, esa maloliente y pegajosa bolsa que se llena a diario y a la que nadie quiere hacerle el nudo: puedes seguir metiendo cosas en ella incluso a sabiendas de que va a ser imposible cerrar la tapa del cubo... pero siempre crees que la persona que viene detrás lo hará por ti... y nunca pasa, claro.
Así que para cuando te decides la bolsa pesa tonelada y media, huele a muerto y gotea, que es lo peor del mundo, porque para no mancharte estiras tanto el brazo que acabas con una agujetas en el hombro de las que hacen historia.
Eso mismo pasa con las garrafas de agua de 5 (u 8) litros... pero más exagerado porque el contenedor de la basura normal (al menos en mi casa) está al lado del portal y, de lo malo malo, te pilla a mano tirarla, pero el de los envases... ese está lejos (en realidad está a medio minuto de casa, pero da una pereza que te mueres ir hasta allí sólo para eso y más si luego tienes que volver hacia atrás para montarte en el coche), así que decides que no vas a ir hasta allí sólo con una garrafa... claro, eso te lo dices a ti mismo durante una semana... y acabas bajando con 10 garrafas repartidas en las dos manos (en mi caso, 9 en la derecha y 1 en la izquierda) que te impiden abrir la puerta del portal (por no mencionar que no puedes cerrar la de casa sin soltarlas), siempre se te caen cuando alguien te está mirando y hace que la gente se fije en tí y ponga cara de, "¿pero desde cuando no bajas la basura?".
Pero es ley de vida, a todos nos pasa (¿o soy yo la única rara?)... siempre y cuando no tengas visita en casa, porque entonces te da vergüenza y la bajas religiosamente todos los días, no vaya a pensar que tienes el síndrome de Diógenes o algo por el estilo.

12 de abril de 2008

Adicción.

No es fácil hablar de este tipo de cosas, y mucho menos públicamente, pero siempre he oído que lo mejor para solucionar un problema es reconocerlo, así que allá voy... soy adicta al agua.
Siempre lo he sospechado y creo que la confirmación definitiva la tuve cuando me operaron del codo: pedía tantas botellas de agua a las enfermeras que terminaron por preguntar a mi marido (que por aquella época era mi novio) si era diabética... ese día me dije a mi misma "tengo un problema".
Y no es fácil, porque la gente no te cree. Cada vez que voy al médico con un constipado (o lo que sea) siempre pasa lo mismo:

Médico: Tómate este mejunje asqueroso (que sabe a rata muerta y que en realidad no te va a hacer nada pero con el que vas a sentirte mucho mejor) cada ocho horas y bebe mucha agua.
Yo misma: Ya bebo mucha agua.
Médico: ¿Cuánta consideras tú mucha?
Yo misma: Uuummmm... ¿unos 4 litros al día?

Entonces el médico me mira, se va quedando de todos los colores del arco iris y me dice: "vale, es suficiente".
¿Por qué me pasa? Supongo que porque está rica... y porque cada vez que me acuerdo de ella me entra sed: cuando veo a un perro chupando de un charco, cuando llueve, cuando veo el mar, cuando hago pis (es por el ruido... ¡¡estoy enfermaaaa!!), cuando alguien dice la palabra "agua", cuando veo un anuncio en la tele en el que alguien está bebiendo... ¡¡¡aaaahhhhh!!!, ¡¡qué sed!! Ahora vuelvo...

Tres tragos más tarde...

Tengo que salir a la calle con una botella en el bolso porque mi lengua se va poniendo estropajosa por segundos, y cuando se me acaba el agua es peor porque mi cerebro no para de mandarme mensajes en Morse (con el consiguiente dolor de cabeza) en plan "vas a morir de sed", "si no bebes agua ahora mismo vendrá una manada de ñues y te deborarán", "el 75% del cuerpo de los humanos es agua... y en tu caso es el 95%... pero como no te hidrates ahora mismo te vas a arrugar como una pasa y vendrán unos científicos locos y te encerrarán en un laboratorio para analizarte y no volverás a ver a tu familia, ni a tener peluches ni a comprarte pegatinas"... y entonces me entra más sed, cunde el pánico y soy capaz de matar por conseguir un sorbito...
Y encima hay que aguantar a esas personas que te dicen "qué sed tengo" y beben un poquito, lo justo para que se les moje la lengua... ¿eso es sed?, ¡¡yo de un sorbo me bebo casi medio litro!! Lo que explicaría por qué paso 12 horas al día en el baño...
Así que desde aquí reivindico mi derecho a llevar una garrafa de cinco litro atada a la espalda y con un pajita gigante desde la que poder chupar... ¿acaso le hago daño a alguien?

Voy a beber agua... otra vez...

8 de abril de 2008

Cosas que odio (primera parte).

Odio hacer la cama. Con todas mis fuerzas. De hecho, si fuese por mí creo que dormiría a diario en un saco de dormir para no tener que hacerlo al día siguiente... es más, cada día estrenaría uno para no tener ni que doblarlo cada mañana.
¿Por qué me pasa esto? No lo sé... quizá es algún tipo de trauma infantil, o que en otra vida fui colchón, o sábana... o, sencillamente, que me siento idiota yendo de un lado para otro para meter la sábana por un lado, y por el otro y luego la otra esquina, y después el edredón, y luego la almohada... ¡¡¡¡aaaaaahhhhhhh!!!! Si es que me canso sólo de pensarlo.
Por eso no la hago nunca... bueno, sólo cuando cambio las sábanas, y teniendo en cuenta que es cada 3 ó 4 días no es un gran consuelo.
Pero como dice uno de esos refranes que nadie sabe quien se inventó pero que todos nos creemos a pies juntillas, "dentro de lo bueno, siempre hay algo malo; dentro de lo malo, siempre hay algo bueno"... existen los días especiales que hacen que dejarte los riñones haciendo la cama merezca la pena. Son esas noches en las que te duchas por la tarde, cuando ya está oscureciendo, y cuando te metes a la cama estás esponjoso, oliendo a cremita... y la cama está recién hecha, con la sábanas estiradas y con ese "no sé qué" especial que tiene cuando no has dormido en ella el día anterior.
Probablemente pensaréis: "si tanto te gusta esa sensación, repítela más a menudo"... pero es que entonces dejaría de ser tan especial.
Hoy no es uno de esos días... pero mañana lo será...

4 de abril de 2008

Mi instinto homicida.

Soy una mala persona; peor aún... soy una mala madre. Yo quiero a mis peces, lo juro. He visto nacer a casi todos en el acuario (si llego a saber que los Guppys son tan "activos" me compro un conejo... ¡¡seguro que tendría menos crías!!), y los que adopté llevan tanto tiempo en casa que son como de la familia. Les alimento (cuando me acuerdo), les limpio el acuario, intento exterminar la plaga de caracoles que están en plan okupa... pero a veces tengo pensamientos malvados...
Cuando hago manualidades uso un vaso de plástico para ir dejando los pinceles en agua o en disolvente, depende del caso, y cuando el líquido en cuestión está muy sucio (o me quedo sin pinceles) voy a la cocina a limpiarlo todo. Recorro el pasillo con el bote, los pinceles y el colocón por culpa del olor del disolvente y entonces, al final del pasillo... veo el acuario. Grande. Luminoso. Lleno de pececillos que rebolotean de un lado a otro. Criaturitas multicolor que me hacen la ola cuando me acerco con el bote de comida y que me dan besitos cuando meto mi manaza en su mundo para quitar las algas de los cristales. Y entonces la crueldad se apodera de mí y pienso "¿qué pasaría si hecho una gotita de pintura ahí dentro?, ¿o si meto la puntita de un pincel?".
Jamás lo haría. Antes tiraría el líquido por la ventana y me enfrentaría a la furia de la vecina al descubrir su ropa destrozada que torturar a mis animalillos pero... ¿por qué pienso eso?, ¿acaso habita en mi un ente malvado que odia el pescado y trata de obligarme a ser su cómplice en su terrorífico plan de exterminio?, ¿o es parte de la curiosidad humana, como cuando pienso qué pasaría si un virus exterminase a toda la humanidad y me salvase sólo yo, pudiendo acceder de manera gratuita a todas las tiendas de pegatinas y de peluches del mundo?
La cuestión es que siempre que pasa eso me siento culpable y acabo pegada al cristal del acuario, mirando con carita de "yo no quería" a mis diminutas mascotas y sabiendo que jamás podré trabajar en una tienda de peces porque mi instinto asesino se multiplicaría por mil, no podría controlarlo, acabaría asesinándolos a todos, me meterían a las cárcel y ahí dentro no podría tener pegatinas, que sería el peor de los castigos.

25 de febrero de 2008

Los anuncios de la tele

Odio todos los anuncios de la tele. Bueno, casi todos: si sale algún bebé regordete o el perro de Scottex puedo tolerarlos... pero en general creo que habría que coger a la gente que los crea, meterlos en una caja llena de gusanos, echarlos a un lago invadido por pirañas hambrientas y leprosas, fundir la llave y utilizar el metal para hacer algo horriblemente espantoso que no se pueda vender ni en un mercadillo de esos cutres que suelen poner los domingos en los pueblecitos remotos que aparecen en la guía Campsa.
Pero hay algo que odio más: que pretendan que me quede a verlos. Los de Cuatro utilizan la técnica de hacer una pregunta justo cuando empiezan (lo suficientemente rápido como para que no te haya dado tiempo a cambiar de canal y la leas)... y claro, te picas. Te tragas todos los anuncios porque eres idiota y crees que no eres capaz de contestar sólo a "¿2+2?" porque "seguro que tiene truco".
Pero hay otra peor: "el veredicto durante la publicidad". Vamos a ver, tú estás viendo "Gran Hermano" y pretenden que te tragues los 20 minutos de anuncios porque "durante la publi sabremos a quien han nominado"... ¿pero estamos todos tontos?, ¿acaso no me voy a enterar en cuanto empiece el programa de nuevo? Me parece absurdo.
Pero estuve pensando en qué casos podría funcionar esta técnica... y estas son las conclusiones a las que he llegado:
* Si tienes un cupón de la ONCE, coinciden los 4 primeros números, el premio son unos 8.768 millones de euros y te dicen "el último número, durante la publi"... ahí si te quedas a verlo... si no te ha dado un infarto ya, claro.
* Si estás viendo "El diario de Patricia" y ponen la foto de tu primer amor adolescente, que lleva tatuado en la frente "Naiara, yo nunca te olvidé" y la presentadora dice "durante la publicidad sabremos qué quiere decir este pobre hombre"... vale, en ese caso también te quedas.
* Si estás tumbado en el sofá tapado con un mantita, con un cuenco de palomitas sobre tu regazo... y el mando se ha quedado sin pilas... también te quedas, pero porque no te queda más remedio (*tengo una duda existencial*).
Y es que los anuncios de hoy en día son una mierda, al menos en su gran mayoría (lo del último de Evax no tiene nombre).

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*La duda existencial*
¿Cómo se les cambia el canal a las teles de hoy en día si pierdes el mando? Porque no tienen ni un miserable botón...

18 de febrero de 2008

Pon un informático en tu vida.

Tengo un ordenador nuevo: un portátil, más concretamente... y ha traído algún que otro problemilla consigo, como todo aparato eléctrico que entra en una casa (y no, no me refiero sólo a buscarle un enchufe y un sitio dónde ponerlo... aunque también): la conexión a Internet. Y es que seamos realistas, hoy en día un ordenador con el que no se puede navegar nos aporta tanto como las pelusas que hay debajo de la cama.
Creo que tengo un nivel de usuario medio en lo referente a la informática, el suficiente como para ser capaz de solucionar algunos problemas y como para entender conceptos como USB, WIFI, router... y movidas del estilo que para el común de los mortales son sólo siglas que ven en los anuncios... pero lo de averiguar que el aparatito lleno de luces que parpadean que tengo en casa no me sirve para lo que yo quiero y, por lo tanto, descubrir que tengo que comprar un punto de acceso, me supera.
Así que cogí a mi informático favorito (llamémosle Antonio... jejeje...) y nos fuimos a comprar un cacharro de esos.
Primer dilema: ¿por qué unos valen 50 euros y otros 150?, ¿acaso uno sabe bailar claqué? Porque te compres el que te compres sabes que no te va a durar ni dos años, eso está claro, así que no merece la pena gastarse una pasta en eso... ¿no? Lo eligió él (yo sólo tomé parte en la decisión de comprar el ratón... ¡¡por eso es tan chulo!!) y lo trajimos a casa.
Inocente de mí pensé que bastaría con sacarlo de la caja, enchufarlo, y hacer las presentaciones pertinentes (portátil-punto de acceso, punto de acceso-portátil)... ya. Se tiró casi toda la tarde instalando "nosequé", buscando códigos, dándole puñetazos a la mesa y jurando en arameo... para que yo pudiese subir fotos al flickr y buscar dibujitos por Internet tirada en el sofá, que es lo que más mola de tener un portátil... y al final lo consiguió, porque para eso es el mejor informático del mundo y siempre arregla las cosas que tienen cables (tostadora incluida).
Segundo dilema: ¿qué hubiese pasado si no llega a estar él? Porque vamos, alguien que no sepa exactamente lo que está haciendo no conecta una cosa de esas por casualidad ni aunque se le aparezca la virgen y unos marcianos bondadosos le pongan un microchip en el cerebro con toda la sabiduría que han ido acumulando en los diferentes planetas a los que han ido de vacaciones a lo largo de su existencia. Ni de palo.
Así que, definitivamente, y aunque a veces me queje, tener un informático en tu vida no es tan mal plan. Vale, tienes la casa llena de cables, están convencidos de que los ordenadores están hechos de algún material autodestructible que estalla en mil pedazos si se limpia y sufres fases de celos crónicos inspirados por una máquina... ¡¡pero al menos no tienes que contratar a nadie cada vez que se estropea la maquinita!!
Así que gracias cariño por saber arreglar el ordenador, la tele, el microondas, el móvil, la lavadora, la cámara de fotos... ¡¡todas esas cosas que tienen cables!! Porque para eso estudiaste un millón de años en la Universidad... ¿no?
Mi marido lo arregla todo, todo y todo. Jeje.

12 de febrero de 2008

Pensamientos.

Resulta curioso cómo las personas somos capaces de sufrir por la pérdida de algo que, realmente, nunca hemos llegado a tener. Y es que somos incapaces de renunciar a la esperanza... por mucho que sepamos que hacerlo es peligroso... por mucho que sepamos que nos hará llorar el día que, definitivamente, comprobemos que lo que queríamos se ha vuelto a desvanecer, dejando en nuestro interior un hueco que siempre estará ahí, por pequeño que sea, por mucho que tratemos de taparlo con una pequeña tirita y hacer como que no existe, por mucho que nos miremos fijamente al espejo y nos digamos a nosotros mismos, "¡eh", no pasa nada... otra vez será".
Y es que no aprendemos de nuestros errores... aunque tal vez sea eso, precisamente, lo que nos hace humanos.
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P.D. Nada de llamadas asustadas pensando que estoy a punto de saltar por la ventana, ¿eh? No siempre puedo escribir cosas graciosas... eso supondría renunciar a una parte de mi. Estoy bien. De verdad.