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3 de junio de 2012

La gran aventura.

Me pasan cosas raras; cosas de esas que la gente te cuenta como "a la hija de la prima de la sobrina le pasó" y no te crees... pero yo me las creo porque las vivo en primera persona. 
No suelo salir mucho "por la noche" (entiéndase como un horario posterior a las 8 de la tarde), pero el otro día unas amigas me convencieron para ir a tomar algo en plan tranquilo. Mira que ya sabía yo que algo tenía que pasar... pero piqué. Hacía bueno, llevaba una semana encerrada en casa con el bicho y la otitis, me apetecía echarme unas risas recordando viejos tiempos... en fin, excusas varias. 
Así que ahí estaba yo cogiendo el metro a las 8 de la tarde (¡¡8 de la tarde!! dios, qué divertido es trasnochar), dispuesta a pasarlo bien. Y eso se cumplió, para qué nos vamos a engañar.
El hecho de montarme en el último vagón del metro y descubrir que estaba lleno de serrín porque alguna pobre criatura había echado hasta la papilla me tenía que haber dejado ver que la noche iba a ser intensa... pero preferí obviar las señales.
Estando ya las cuatro juntas, y tras sacar una foto de recuerdo porque a pesar de vivir en la misma ciudad sólo coincidimos una vez cada 3 años (y no es broma), nos sentamos a tomar algo. Todas somos adultas. Todas estamos casadas u/o/y arrejuntadas. Todas rondamos los 30 (¡por lo bajo eh!). Todas toman cerveza y vino... todas menos yo, claro. Un batido de chocolate, por favor. Tres caras que son un poema. Descojonadas de la risa. ¡Batido de chocolate! Pajita incluida, por supuesto. Creo que todavía se están partiendo la caja. Soy así, qué le vamos a hacer. 
El tiempo pasa, y como tenía que haber supuesto, el "tomar algo en plan tranquilo" se convierte en "¿nos vamos a cenar algo". El plan mola. Llamo a casa para avisar de que no me han secuestrado y que llegaré un poco más tarde. Todo en orden. 
Nos vamos a uno de esos bares multitarea donde lo mismo te ponen un café como te cocinan un plato combinado. ¿Razón? Las hamburguesas están muy buenas. Vale. 4 hamburguesas, por favor. Y ahí es cuando empieza el principio del fin. 
Mi hamburguesa estaba rica. Cierto. Quizá le faltaban unas patatas fritas para acompañar. Cierto también. Y cuando me he comido la mitad... ¡¡descubro que no tiene carne!! Lo mío es grave. Mis amigas no se lo pueden creer. Yo tampoco. Se lo digo a la camarera, que se queda flipada (más que nada porque me he comido la mitad antes de darme cuenta del fallo). Mil millones de disculpas, las 4 muertas de risa en la mesa, y una hamburguesa nueva y completa en mi plato. Ni de coña me voy a comer esa pedazo de hamburguesa entera. Y lo peor de todo... ¡¡la que no tenía carne estaba más rica!! Repito y reitero, estas cosas sólo me pasan a mi. 
Una vez cenadas, salimos a la calle y me engañan para acercarnos a un bar tipo pub (¡por qué, por qué, por quééééé!). De esto hablaré en otra entrada porque da mucho de sí. 
Son las 12:15. Dios, salí AYER de casa y todavía estoy "de fiesta". La locura. Despedidas, promesas de no dejar pasar otros 3 años para quedar... y nos vamos todas menos una al tren. 
* Nota: ¿Por qué el tren es tan caro? Muy fuerte. Tres veces más caro que el metro. Pero vale, una vez es una vez. 
Llegamos al andén y no hay nadie. Miento, un señor que pasea por allí como quien pasea por la gran vía un domingo con las tiendas cerradas. Nos ponemos a hablar, cotillearr... blablabla... media hora más tarde ahí seguimos y empezamos a preguntarnos "¿habrá tren?". Vamos a ver. La estación estaba abierta. Las canceladoras tambien. TIENE QUE HABER TREN. ¿O no? La 1 de la mañana. Esto ya son palabras mayores. Lo mismo me convierto en calabaza. El señor se ha ido. Preocupante. Se nos ocurre la genial idea de consultar por internet (¿cómo hemos sobrevivido sin móvil tantos años?) los horarios. Y no, no hay tren. El descojono. Menos mal que nos lo tomamos con humor. 
Teníamos que estar de foto: la tres muertas de la risa, con cara de idiotas, recorriendo la estación del tren 40 minutos después de haber entrado. Llegamos a la canceladora y "destino incorrecto". ¡¡Me tienen que estar vacilando!! Somos tres: una ha conseguido pasar, la otra está intentando escalar por la máquina para "colarse" y la que falta, osea yo, me estoy riendo tanto que no atino a hacer nada para salir de ahí. Juro que pensé iba a tener que llamar a los bomberos para que me rescaten. Pero no, a base de insultar a la máquina y meter tarjetas de transporte, no sé cómo, conseguí salir.
La 1:30. ¿Hay metro? sí, hasta las 2... ¿verdad? Paso ligero hasta el metro, canticos varios pidiéndole a los dioses que no perdamos el último y risas, muchas risas. Sí, está abierto. Sólo hay que esperar 20 minutos para que llegue... y nos deje a tomar por saco de casa, porque por algo íbamos a coger el tren, claro. 
A ver quien es el valiente que espera al bus nocturno o, pero aún, que se atreve a ir andando hasta casa sola, a esas horas. Que lo mismo vienen los marcianos y me llevan con ellos... aunque tampoco estaría mal, lo mismo tienen una versión marciana de Ikea en su planeta y allí también te puedes comer un "ñamblat" por 50 céntimos. Ya estoy desvariando...
Decidido: cojo un taxi. ¡Yo cogiendo un taxi! Me estoy haciendo mayor. Y tengo 5 eurazos en la cartera. Con eso me llaga fijo... ¿no? Mejor saco dinero en el cajero, no vaya a ser que me deje tirada a mitad de camino y sea peor. ¿Y si el cajero está cerrado? Una amiga se apiada de mí alegando "eres tú, seguro que te pasa algo" y me deja otras 5 eurazos. Esto es tentar a la suerte, seguro que me atracan. 
Y sí, me atracan: ¡¡en el taxi!! Madre de dios del amor hermoso... subida de bandera: ¡¡¡5´13 euros!!!
5 minutos más tarde, estoy en mi casa. Sana y salva. Son las 2:10 de la mañana. A ver quien es el valiente que me convence para ir a tomar algo "en plan tranquilo". 

28 de febrero de 2009

El fin del mundo.

El fin del mundo ya está aquí. Y no lo digo porque lo haya dicho algún loco en la tele, sino porque ayer por la tarde fui testigo directo de la más temida profecía: llovieron zapatos del cielo. Bueno, para ser más exactos debería decir que era calzado de niño y que caía desde la azotea de una edifico de unas 6 plantas, pero a todos los efectos el resultado era el mismo: todo el mundo mirando hacia arriba con cara de sorpresa y conductores aterrorizados al ver que sobre sus coches caían diminutas botas de plásticos y blanditos zapatos de bebé.
Estaba yo paseando a mi bichito (que es la causante directa de que el pobre blog esté medio muerto, porque desde que está en mi vida no tengo tiempo ni de depilarme las cejas... que el otro día aproveché mientras dormía y tardé 3 horas en quitarme las melenas de las susodichas, que luego se me quedaron tan rojas como dos tomates enrabietados... y es que se vive muy bien sin que te ataquen con unas pinzas y te arranquen los pelos) por el centro de la ciudad cuando, al pararnos en un semáforo que estaba en rojo, ví caer algo al suelo. El primer pensamiento fue : "un pobre pajarillo que se ha empotrado contra una ventana y ha caído K.O.", pero no me pareció que eso pudiese causar semejante atasco de coches y tortícolis en los viandantes, de modo que mirando más detenidamente descubrí un montón de zapatos en la carretera y en las aceras. Y yo, que como ya sabéis tengo una mente algo retorcida, pensé que podía ser una pelea de pareja en la que uno de los dos tira todas las pertenencias del otro por la ventana después de haber descubierto que le es infiel... pero no cuadraba con que fuesen zapatos de niño y de bebé, así que otra teoría fallida.
Y ahí me quedé, mirando al cielo como una idiota y poniendo cara de susto cada vez que veía volar algo, sonriendo (soy mala, lo sé) al ver la cara de pánico con la que pasaban los conductores de los coches al sospechar que una catiusca podía caerles sobre el parabrisas y mirando con cara de mala leche a todos los que decían que tenía que ser un niño el que la estaba liando tan gorda... ¿¡pero por qué!? A mí más bien me parecía el acto de una viejecilla psicótica que vive con 50 gatos en un piso de 10 metros cuadrados y que lo hace porque le hablan por la noche diciéndole que queme el edificio y ella, que no quiere hacerles caso porque entonces a ver qué hace con sus tropecientos minimos, decide acabar con la tentación y los tira por la ventana... ¿acaso no es una teoría bastante más creíble?
No sé cómo acabó la historia porque vino la policía y la lluvia cesó... ¡¡pero estaré atenta al telediario a ver si dicen algo!!

10 de octubre de 2008

La vecina.

Todos tenemos vecinos a los que nos gustaría asesinar de la manera más cruel imaginada por la mente del hombre más psicópata del mundo... y a pesar de estar exiliada no me he librado de ella.
Imaginaos que tenéis una casa grande, preciosa, luminosa, con terraza, garaje, trastero y todo lo que pudieseis desear... menos sitio para colgar la ropa. ¿Por qué? Porque tu vecina, esa a la que te gustaría arrancarle los dedos para hacer pinzas para la ropa con ellos y dejarle las dos manos en plan muñón, decidió en algún momento de su vida que quería fastidiarte a ti personalmente y te impidió poner más cuerdas (de esas que van de ventana a ventana).
La razón la desconozco, pero supongo que será algún trauma de la infancia relacionado con que su madre la colgase patas abajo de un árbol.
Así que cada vez que pones una lavadora tienes que colgarlo todo hecho una pasa para que las pobres cuerdas den de sí... y a pesar de todo siempre queda por ahí algún pobre calcetín, triste porque lo has alejado de su familia, y que se vengará de ti poniéndose rígido y raspándote toda la suela del pie, para que sepas lo que es sufrir.
Y esta mañana la he visto. He abierto la ventana y ahí estaba ella recogiendo la ropa de sus dos solitarias cuerdas. Juro que me han dado ganas de tirarle la cesta de las pinzas a la cabeza y decir que ha sido un accidente. Pero como puedo llegar a ser más falsa que Judas he puesto la mejor de mis sonrisas (confiando en tener algún diente manchado de cola-cao para que pensase que soy una bruja mala malísima que crea pócimas de esas super chungas de mal de ojo... o algo peor) y la he saludado cortesmente... lo que no impide que haya tenido todo tipo de pensamientos malvados y que mi plan de hacer que su ropa se caiga al patio misteriosamente siga adelante. Porque yo soy buena (en general), pero mis calcetines tienen derecho a poder secarse con tranquilidad... ¡¡lucharé para defenderles ya que ellos no pueden!!

11 de septiembre de 2008

Las bolsas del super.

Hay cosas en esta vida que me inquietan y para las que no encuentro explicación: como el amor que sienten algunas personas por las bolsas del supermercado... y es que he visto gente que se abalanza sobre ellas como si en ello les fuese la vida.
Vale, yo también las uso como bolsa de basura (como casi todo el mundo), pero eso no justifica que me lleve 150 bolsas cada vez que compro algo. Hace un par de horas he ido al Mercadona a comprar, literalmente, pan de molde, una barra de pan, un paquete de lomo y un litro de leche... ¡¡¡y he vuelto con 4 bolsas!!!, ¿nos hemos vuelto todos locos?
No he sido yo la causante de semejante aberración ecológica (a ver cuándo empezamos a pensar en las pobres focas que se están quedando sin hielo en el que vivir), sino la dulce cajera que ha visto una embarazada con una cicatriz espantosa en el brazo y se ha ofrecido muy amablemente a meterme las cosas en las bolsa... todo un detalle por su parte, no se lo voy a negar pero... ¿¡¡cuatro bolsas!!?
Puedo entender que separen, por ejemplo, el pescado y los congelados del resto de la compra porque, como todos los humanos sabemos, si un langostino congelado entra en contacto con una naranja, esta última estalla y eso trae consigo una catástrofe nuclear de dimensiones inimaginables, es pura lógica... pero, ¿y el pan Bimbo y la barra de pan?, ¿acaso no son compatibles?, ¿no son familiares cercanos?, ¿por qué hay que separalos entonces?
Separamos las cosas de limpieza de la comida como si en el maletero de nuestro coche se fuese a llevar a cabo una batalla campal entre los objetos de una misma bolsa y nos diese miedo acabar comiéndonos la pasta de dientes y usando el starlux como exfoliante para la cara.
Y es que hay unos supermercados que se jactan de ser ecológicos y que, para demostrarlo, han creado bolsas de plástico transparentes (bastante desagradables para suarlas como bolsa de basura, la verdad... y es que, a mí al menos, no me apetece que mi vecino sepa si chupo bien los huesos del pollo o qué marca de yogur prefiero... pero igual es que yo soy rara)... pero sus amables cajeras meten las cosas de UNA EN UNA en ellas... vamos, que llegas a casa con tantas bolsas que necesitas un armario entero para guardarlas... y eso sin contar con las que hayas ido acumulando hasta el momento.
Quizá la solución sería empezar a cobrarlas (recuerdo que cuando era pequeña, en la panadería, tenías que pagar 3 pesetas por cada una)... o, sencillamente, que la gente nos concienciásemos de que, aunque sean gratis... ¡¡¡no hace falta que nos llevemos todas!!!

3 de septiembre de 2008

Tipos de recuerdos.

Comencemos esta entrada diciendo que el otro día me quedé pasmada ante dos descubrimientos: 1) he estado en la plaza de toros de Bilbo (esa que no sé ni situar en el mapa) y 2) ¡¡he estado en un concierto de Mecano!! Actividades que parece ser llevé a cabo al unísono... vamos, que les vi en concierto en la plaza de toros.
No es que me avergüence de este último hecho, para nada, siempre he considerado que es un gran grupo y ahora entiendo por qué en su momento pedí que me regalaran una cinta (que seguro que todavía está en algún rincón de la casa de mi ama); pero resulta desconcertante que alguien te hable de cosas que has vivido y a las que eres totalmente ajeno... vamos, que te las crees porque no te quema más remedio y porque quien te lo cuenta es de confianza.
Y todo ello (eso y que tengo mucho tiempo libre) me ha hecho reflexionar sobre el tipo de recuerdos que existen en el mundo (independientemente de que sean buenos o malos).

* TIPO 1: Los de verdad.

Son esos recuerdos reales de los que nos acordamos sin tener que recurrir a terapias intensivas con psicólogos en potencian que tratan de desbloquear algún tipo de trauma para creer que se han ganado su sueldo.

* TIPO 2: Los de mentira.

También conocidos como películas mentales. Son más recurrentes durante la infancia ("el año pasado, estando de vacaciones, vi un dragón bañándose en la playa y nos hicimos amigos") y la adolescencia ("que sí tía, que el año pasado me lié con el tío super bueno de clase... osea te lo juro por Snoopy...").

* TIPO 3: Los de "¿¿¡¡¡pero cómo no te vas a acordar!!!??".

En estos mi ama tiene un master. Creo que lo más sencillo es recurrir a un ejemplo para explicar en qué consisten.

- Ama: ¿Te acuerdas de cuando estuvimos en Granada?
- Yo: ... eeeehhhhhh... No.
- Ama: Que sí mujer, que lo pasaste muy bien.
- Yo: Ya, ¿ eso en qué año fue?
- Ama: Déjame pensar... pues en el verano del 81.
- Yo: Ama, nací en el 80... estuve en Granada con año y medio...
- Ama: ¡¡¡Pero cómo no te vas a acordar con la buena memoria que tú tienes!!!

En estos casos lo mejor es recurrir al siempre útil "oye, pues ahora que lo dices sí que me acuerdo", porque si lo niegas te bombardean con más datos que por supuesto tienes que tener grabados a fuego vivo en tu cerebro... aunque pasaran cuando todavía ibas dentro del cochecito de capota.

* TIPO 4 (los peores de todos): Los que son reales pero como sólo tú los recuerdas, se empeñan en decirte que son mentira.

Estos me tienen totalmente traumatizada. Yo tengo buena memoria (a veces me doy miedo a mí misma de lo precisa que puedo llegar a ser), así que cuando sé que algo pasó y me lo niegan... ¡¡¡me cabreo mucho!!! Una vez más, recurramos a un ejemplo (un trauma infantil que me acompañó hasta los 17 años).
Resulta que cuando era pequeña me quedé encerrada con una amiga en la habitación de mi hermano. Posiblemente no fue nada grabe, pero yo lo recuerdo con todo lujo de detalles: la puerta blanca, a mi amiga y a mí sentadas en la cama esperando que alguien la tirase abajo y a la gente al otro lado diciéndonos que no pasaba nada y que en poco tiempo nos iban a sacar.
Bueno, pues eso, QUE ES ABSOLUTAMENTE CIERTO, me lo estuvieron negando hasta los 17 años. Siempre me decían que no lo recordaban y, por tanto, que no había pasado (¡cómo no!); hasta que un día, el año que cumplí 16+1 (no me preguntéis por qué, pero no me gustaba decir 17... tonterías adolescentes), me reencontré con la amiga que había estado conmigo en esa situación... ¡¡¡y ella también se acordaba!!! Siempre le habían dicho que no... ¡¡¡pero por fin teníamos la prueba definitiva!!! De modo que me armé de paciencia y, sentada frente a mi madre, la interrogué hasta que lo reconoció. Fue como ganar una gran batalla, me sentí la reina del mundo. No me había vuelto loca. No me inventaba cosas (parece ser que era la habitación de mi hermano pero en una casa de veraneo... detalles insignificantes). Los que tenían mala memoria eran ellos.
Como este ejemplo, hay muchos más. Y es que los adultos (yo no seré uno de ellos hasta que cumpla... no sé, 120 años) son malos y tratan de borrar los recuerdos ajenos intentando ocultar que su memoria falla.
Por eso quiero hacer un llamamiento desde aquí a todos los recuerdos frustrados, semiolvidados y negados del mundo... ¡¡uníos y mostraos al mundo!!

25 de agosto de 2008

Esos momentos.

Todos padecemos más de lo que nos gustaría esos momentos en los que la situación es tan violenta que te quieres morir o por lo menos que te abduzcan los marcianos y te devuelvan a la tierra 50 años más tarde (aunque creo que caerte al suelo de bruces, a un charco, en un día lluvioso, delante del chico que tú consideras más guapo del mundo y que por supuesto te gusta y no sabe que tú existes sólo me pasa a mí, ¿verdad?) y yo pensaba hasta hace un par de años que subir en el ascensor con el vecino al que no entiendes cuando te habla y al que siempre respondes con monosílabos y movimientos de cejas suplicando dar la respuesta acertada era una de las peores situaciones... hasta que vine a a vivir a un segundo piso sin ascensor... y con una señora mayor de vecina.
Cabe decir que desde que se ha echado novio parece que ha rejuvenecido unos 20 años y que a veces me parece tener más vitalidad que yo, pero aún así cuando llegamos a casa al mismo tiempo siempre te dice "sube tú primero, que vas más rápido"... ya...
Puedes tener los pies llenos ampollas, llevar 7 horas fuera de casa y desear que venga un perro rabioso para que te los devore o incluso venir cargada del súper con 800 bolsas que pesan unos 2.000 kilos cada una... pero ella supone que vas a ser más rápida. Cómo no.
Y claro, eso no es lo peor... nooooo... lo peor es que, como va detrás de ti, eres plenamente consciente de que te está mirando el culo. Es lógico, es lo que tiene ir delante, pero no resulta nada agradable saberlo. Entonces empiezas a intentar ir más rápido sin resoplar (no vaya a parecer que no puedes ni respirar), al tiempo que tienes que contestar a frases chorras del tipo "estas escaleras cada día cuestan más, ¿eh?" y sonreír, porque aunque vaya tras de ti, como buena viejecilla que es, te está viendo la cara (debe de ser un poder que se adquiere con la edad) y vigila cada uno de tus gestos para contárselos a las vecinas.
Y hoy, para no variar, lo he sufrido con 30 grados en la calle, una tripa de 5 meses, dos bolsas del súper... y la vieja detrás, metiendo prisa y midiendo mentalmente mi culo... ¡qué horror!!

13 de agosto de 2008

El dedo que no se cura.

Tengo un dedo que no se me cura. Yo no sé si es que el pobre es gafe o es que es la prueba viviente de que soy un poco torpe... pero creo que va a ser la segunda opción...
Es el dedo corazón de la mano derecha... vamos, que más en medio no puede estar. Creo recordar que lo primero que le pasó fue que me lo corté con una tijera (o un cuchillo, no estoy muy segura) y estuvo una temporada cubierto por un tirita. Cuando decidí descubrirlo y enseñarle mundo aún estaba sensible y yo, que soy más bruta que un arado y no me acordaba, me puse a lijar una caja de madera y conseguí una ampolla preciosa justo en la yema del dedo, en la parte que estaba en periodo de recuperación.
Tras muchos días con la bendita ampolla incordiando, y cuando parecía que empezaba a curarse del todo, me lo quemé sacando la bandeja del horno... y vuelta a empezar...
Y por si eso fuera poco, el otro día me corté de nuevo al limarme las uñas... ¡¡¡pero qué me pasaaaaaaa!!!, ¿por qué lo torturo de semejante manera?
Ahora mismo tiene la piel tiesa, como las caras de las viejecillas ricas que salen en los programas sobre familias con pasta de Beverly Hills. A simple vista puede parecer un dedo normal pero yo, que vivo con él, sé que está psicológicamente trastornado y que tiene tendencias suicidas (hace cinco minutos estaba preparando la comida y ha saltado como un loco al filo del cuchillo... eso no es sensato hombre...).
Sé que lo normal sería asumir mi culpa y reconocer que la causante de todos sus males soy yo pero... ¿y si en realidad es un dedo mártir?, ¿y si su meta vital es suicidarse en pro de la evolución para que mis hijos nazcan sólo con 4 dedos, funden una fábrica de guantes con 4 dedos y se hagan multimillonarios?, ¿y si yo, al intentar protegerlo de su instinto amputador, estoy guiando a mi familia a la pobreza más absoluta... y encima con un dedo más que alimentar?, ¿y si soy el eslabón perdido entre los humanos y los Simpsons?
Dios, cuanta responsabilidad...

6 de agosto de 2008

He visto uno...

Todavía no me he recuperado de la impresión, pero puedo afirmar que... ¡¡los billetes de 200 euros existen!! He visto uno en el supermercado esta mañana... ooooohhhhh...
He ido ha comprar una barra de pan y algo para comer y, en la cola, delante de mí, había una pareja de unos 70 años (aunque a saber qué edad tendrían en realidad, porque siempre he sido malísima calculando años) con un carro repleto de cosas. Después de pasar todo por la caja y de tirarse como siete años y medio metiéndolo en bolsas, la cajera les ha dicho que eran 17o euros (algo más, creo), con lo que la señora se ha puesto a rebuscar en su cartera y monedero, tratando de reunir toda esa pasta y, como está visto que no lo lograba, le ha dicho a su marido (o lo que fuese): "¿tienes 20 euros?".
El señor se ha quedado mirándolo en plan "creo que no voy a tener, pero voy a mirar por si acaso" y, bajo la atenta mirada de la cajera (y la mía, que soy un poco cotilla y necesito nutrirme de historias que alimenten este blog)... ¡¡¡ha sacado un billete de 200 euros!!! Qué fuerte. Yo pensaba que su existencia era parte de una historia urbana.
Me he quedado atónita, sin poder apartar la visión del amarillo billete y el hombrecillo poseedor del tesoro me ha sonreído, así que supongo que la sensación de tener la mandíbula desencajada y de estar sudando a mares por la sorpresa era real...
La cajera ha disimulado mejor que yo, todo hay que decirlo, pero la he visto un poco apurada intentando localizar el sitio correcto donde meterlo en la caja registradora (que como mucho tenía billetes de 50 euros)... tanto que al final lo ha doblado y lo ha escondido debajo de un fajo, a buen recaudo.
Han pagado, se han ido... y me han dejado a mí, con el corazón en un puño y pagando los 3´51 euros con la tarjeta de crédito... ¡es lo que tiene ser pobre!

29 de junio de 2008

La rebelión de los carritos.

Ayer comenzó el principio del fin. Lo que todos los humanos sabíamos que llegaría en algún momento y rezábamos porque no ocurriese en nuestra presencia... se hizo realidad. Y es que, delante de mis propios ojos, los carritos del supermercado comenzaron a apoderarse del mundo. Lo descubrí en el parking de un centro comercial al que acudo con bastante regularidad y en el que, en contra de lo habitual, había carritos por todas partes. No estaban en fila como siempre (atados con cadenas como si fuesen esclavos), sino ocupando plazas de aparcamiento, impidiendo la entrada a determinados carriles y alguno que otro desperdigado, como si fuese el vigía de la zona.
Y tuve miedo, mucho miedo porque, ¿qué pasaría si finalmente se revelasen contra nosotros? Razones no les faltan, desde luego. Están ahí, ansiosos porque alguno de nosotros lo adopte y le dé un hogar calentito y cariñoso... y nosotros sólo los utilizamos como mulas de carga, los abandonamos de nuevo a su cruel destino y, lo peor de todo, si están tullidos no los queremos; los apartamos cuando tienen el manillar roto, están demasiado mugrientos o se les tuerce alguna rueda hacia un lado... ¿pero por qué somos tan crueles?, ¿acaso pensamos que por ser de metal no tienen corazoncito?, ¿que por parecer cárceles con ruedas no tienen derecho a que se les quiera?, ¿que por ser un híbrido satánico entre cuna y cochecito de paseo no se merecen una vida digna?
Una vez escuché que ellos son el segundo vehículo de cuatro ruedas mas utilizado en el mundo... ¿qué vamos a hacer si desaparecen?, ¿por qué no somos capaces de apreciar su trabajo y su sacrificio? Porque nadie quiere pensar que el carrito al que están unidos por la cadena y que nosotros soltamos con un euro igual es su mamá, a la que no volverá a ver nunca más por nuestra culpa y que quizá por eso está triste, no va recto y se empotra contra las baldas...
Y es que los humanos no tenemos corazón.

19 de junio de 2008

El tiempo de espera.

Desde que tengo este blog he descubierto que me molestan muchas más cosas de las que pensaba porque muchas de las entradas comienzan con un "hay cosas que me cabrean"... y esta es una de ellas.
Ayer fuimos al dentista a que torturasen un poquito a mi marido (¡¡pooooobre!!) y pasó lo de siempre: llegamos puntuales, incluso me atrevería a decir que con 5 minutos de antelación... ¡¡y no entramos en la consulta hasta 50 minutos después!! No lo entiendo: o estamos todos todos tontos o es que la gente no sabe interpretar los relojes (debieron de perderse ese capítulo de "Barrio Sésamo").
Por supuesto, tú no puedes llegar tarde; si lo haces te miran como si hubieses matado a alguien de la manera más cruel del mundo y te dicen que ya han pasado a alguien en tu hora y que tienes que esperar... ya... yo llego tarde la única vez en la vida en la que van puntuales... ¡¡qué causalidad!! Y es que es imposible ir al médico (de cualquier tipo) y entrar a la hora. Yo llegué a estar esperando a mi doctora 50 minutos porque llegué 3 minutos tarde... ¿pero qué tipo de venganza es esa?, ¿te graban con cámara oculta mientras te vas cabreando por segundos y la ven mientras se toman un café?, ¿tienen algún tipo de concurso en plan "vamos a ver a cuántos pacientes podemos cabrear hoy: el vencedor se lleva un crucero por el mediterráneo"). Sé que hay gente que pensará: la culpa no es de ellos, es de los que les dan citas cada 5 minutos... ¡¡¡pues que despidan a ese inepto!! Porque en 5 minutos no te da tiempo de sentarte en la silla, decirle al médico que te duele la garganta, que te la mire y que te dé un receta... ¡¡normal que vayan siempre tarde!!!

El gen machote.

Existe un gen en el cuerpo de los chicos: el gen machote. Llevaba tiempo sospechándolo pero esta semana he podido corroborar mi teoría gracias a la Eurocopa (o lo que sea eso que hace que haya fútbol en la tele día sí, día también).
Normalmente cuesta apreciarlo porque al 99% de los tíos les gusta el fútbol.. es una realidad indiscutible. Pero siempre hay excepciones y, en esos casos, es cuando actúa el gen: da igual que el individuo en cuestión nunca vea fútbol, que no se entere de si el equipo de su ciudad está en primera o en segunda (¿por qué hay segunda A y segunda B en vez de tercera y cuarta?), que se la traiga bastante floja los fichajes al comienzo de la Liga o que no le traumatice que un jugador se cambie de equipo... siempre que haya un partido en al tele te mirará y te dirá "déjalo un momento, a ver cómo van". Es altamente probable que no sepa quién está jugando, si el partido es amistoso o la final de algo o si ha oído hablar alguna vez de los equipos, la cuestión es que el gen machote se activará y le dejará pegado a la pantalla durante, como mínimo, 10 segundo.
Y todo esto me lleva a pensar... ¿existirá una versión femenina de ese gen?, ¿estaré yo también afectada por ella?, ¿será por eso que siempre que pillo patinaje artístico en la tele lo dejo?
Qué miedo.

15 de junio de 2008

Jajajajajajaja...

Curioseando (qué raro) por el "Menéame" he encontrado esta entrada que me ha hecho morirme de risa. Quizá a algunas personas pueda resultarles demasiado salvaje pero... ¡¡a mí me ha parecido buenísima!!
Sólo espero que cuando nazca mi ñajito nadie tenga que recurrir a ninguna de estas frases...

8 de junio de 2008

Mi cara de buena.

Creo recordar que alguna vez os he hablado de que soy como una especie de imán andante para los testigos de Jehová, las señoras que te quieren salvar del demonio ("¡la juventud de hoy en día es la reencarnación de Satanás!") y todo tipo de personajes que "atacan" a la gente por la calle... y es curioso, porque es algo que no termino de comprender.
Por lo general estoy en mi mundo: soy capaz de ir por la calle totalmente abstraída, pensando en mis cosas y no enterarme de nada de lo que ocurre a mi alrededor (todavía no sé por qué nunca me ha atropellado en un coche); es herencia paterna, porque mi aita es igualito. Una vez bajó a buscarme en unos Carnavales porque me había "perdido"; bueno, pues se cruzó conmigo (y vuelvo a repetir que me estaba buscando) y no me vio (¿te acuerdas de ese día, aita?).
Y el otro día me volvió a pasar... al salir del médico. Iba cargada con una caja bastante grande, un libro de 600 páginas, una bolsa llena de cosas de la farmacia (lugar donde me confundieron con un comercial de cremas para el cuerpo... pero esa es otra historia) y un montón de papeles más. Todo esto lo llevaba en el brazo bueno claro, porque el malo es bastante inútil y más a la hora de cargar pesos. La cuestión es que, frente a mi, había un taxi parado con una señora de unos 800 años delante de él. Estaba hecha un cromo, la verdad. Parecía a punto de sufrir un infarto o algo peor. Y, por supuesto, a pesar de que había gente a mi alrededor y que estábamos a la puerta de un ambulatorio lleno de celadores... ¿a quién se le quedó mirando? ¡¡¡a mí!!, ¡¡cómo no!! Empezó a balbucear contra la seguridad social porque no le ponían una ambulancia para ir al médico y, aprovechando que estaba bastante apabullada por la situación... ahí que se me colgó del brazo malo para que la ayudase a subir unas 30 escaleras.
Y no, no fue un gran plan. Porque cargar con un sólo brazo unos 8 kilos de cosas ya es una tarea bastante poco agradable, pero que además una viejecilla se cuelgue de mi brazo malo y haga fuerza en él cada vez que subía un escalón, fue de todo menos divertido.
Pero ahí estaba yo, a modo de bastón humano, esquivando a la gente que bajaba a toda velocidad para que no empujasen a mi nueva "amiga" (y a mí con ella, que tonta no soy) y dándole las gracias a una celador que me abrió al puerta... ¡¡manda huevos!!
Conseguí dejarla sentada en una silla (y sentarla fue complicado, muy complicado) y, tras explicarle en 300 idiomas que tenía que irme y que no podía quedarme con ella toda la mañana, salí despavorida, no sin antes tener que aguantar que el celador que "tan amablemente" me había abierto la puerta me dijera "¡pensé que venía con ella!, sino la hubiese ayudado a subir!".
Y es que estas cosas sólo me pasan a mí, porque estoy convencida de que si pongo un circo no sólo me crecen los enanos, sino que las pulgas se fugan con los elefantes, los acróbatas se parten la crisma y los payasos pillan una depresión.

4 de junio de 2008

La maldición de la tostada.

Todos conocemos leyendas urbanas y mitos difíciles de creer... pero en mi vida, al menos desde que tengo uso de razón, ha existido una maldición: la de la tostada. Pero hoy es un gran día, porque he sido valiente, he reunido todas las fuerzas que tenía por ahí escondidas (incluso la que se ocultaba en la punta del calcetín) y he sido capaz de hacerle frente... ¡¡y vencer!!
Pero vayamos al principio. La maldición de la tostada comenzó muchos años atrás, la primera vez que mi ama hizo tostadas de carnaval (en carnaval, lógicamente). Aunque mi hermano y yo éramos un poco repelentes (en lo que a alimentación se refiere, por supuesto) y sólo nos comíamos los bordes (y las zonas donde se apretujaba la canela, que es lo más rico de todo), las tostadas desaparecían a la velocidad del rayo, casi sin tiempo para dejarlas enfriar y meterlas a la nevera... menos una.
Siempre quedaba una en el plato. Triste. Solitaria. Acomplejada pensando que la culpa era de no tener suficiente canela o demasiado azúcar. Traumatizada por no comprender por qué devorábamos a sus hermanas y sin embargo no nos acercábamos a ella. Nunca encontré una explicación razonable: quizá era vergüenza por comernos la última, vagancia por tener que llevar el plato (ya vacío) hasta la fregadera o, sencillamente, una vertiente más del instinto natural que me impide tomarme el último sorbito del cola-cao. Finalmente, con el paso del tiempo, desaparecía (siempre fue un misterio su destino final).
Con los años he comprobado que la maldición, lejos de desaparecer, ha ido conquistando nuevos terrenos: la última rebanada del pan Bimbo, el último trozo de bizcocho de limón (esto sólo pasa si mi kuñau no anda cerca), la última galleta "príncipe de Beukelaer"... y el último morenito.
Por si alguien no sabe qué es un morenito (cosa que espero no pase, porque son una de las delicias de la tierra... junto a los gusanitos Rufinos), explicaré que se trata de una especie de galleta cubierta de chocolate (está mucho más rico de lo que suena) que fue alimento básico durante mi infancia y que deberían probar todos los seres humanos.
En Canarias, por algún motivo maquiavélico que no alcanzo a comprender, no venden, así que cuando voy a Bilbo me traigo un cargamento completo que distribuyo en el congelador, en los armarios de la cocina... y en la mesilla de noche, por si me entra la neura a las 4 de la mañana.
Bueno, pues de todos los que traje en Navidad... sólo quedaba uno, como no podía ser de otra manera. Estaba en la balda superior del congelador, expectante cada vez que se abría la puerta y mandándome mensajes telepáticos a todas horas.
Y hoy, guiada por el ñajito y por la acuciante necesidad de comer chocolate... me lo he comido. He sido capaz de comerme el último morenito... aún sabiendo que no puedo conseguir ninguno más, que aquí no venden, que tendré que esperar a que algún alma caritativa me mande un cargamento (¡¡¡amatxuuuuu!!!)... pero me siento poderosa, porque me he enfrentado a la maldición yo solita y he salido vencedora... ¡¡ahora sólo falta que llegue Carnaval para hacer tostadas y comerme la última!!

31 de mayo de 2008

Un monólogo para llorar... de risa, claro.

Hace tiempo tuve la oportunidad de escuchar un monólogo sobre la seguridad en los aeropuertos y puedo asegurar (con permiso de Piedrahita) que jamás había llorado tanto de risa en tan poco tiempo.
Lo busqué... y no conseguí encontrarlo... hasta anoche.
Aquí os dejo un fragmento (lo siento, es todo lo que he encontrado)... ¡espero que os guste!

23 de mayo de 2008

Mi lavadora...

... tiene voluntad propia... ¡¡y es muy terca!!
Yo no sé qué le pasa últimamente, pero es como si estuviese atravesando una adolescencia rebelde y le diese por llevar lo contraria... ¡¡necesito una psicólogo de lavadoras!!
La verdad es que no me complico demasiado la vida y siempre lavo la ropa igual (agua fría y un programa de hora y media, más o menos), pero desde hace un par de meses, ¡mi lavadora hace un prelavado! Así, sin más. Sin preguntar. Sin avisar (que te vas tú toda feliz a hacer un recado y cuando vuelves descubres que la ropa está sin lavar... ¡qué bien!). Sin dar explicaciones a nadie. Y, por si todo eso fuese poco se pone en plan borde y, por no dejar, no me deja ni abrir la puerta.
No había hecho nada así desde que mató la mantita y yo pensé que se había formalizado, que era una lavadora buena y bondadosa y que trataba a todas las cosas igual... pero está visto que no. Porque encima es selectiva: casi nunca hace prelavado con las sábanas, sólo se ceba con el resto de la ropa... ¿será que tiene envidia porque ella no usa calcetines ni camisetas?
¿Qué puedo ofrecerle para que se comporte como un electrodoméstico normal y no me traicione?, ¿existe algún tipo de chantaje emocional aplicable a una lavadora?, ¿le intimidaría si le amenazo con usar jabón cutre del "todo a cien"?

12 de abril de 2008

Adicción.

No es fácil hablar de este tipo de cosas, y mucho menos públicamente, pero siempre he oído que lo mejor para solucionar un problema es reconocerlo, así que allá voy... soy adicta al agua.
Siempre lo he sospechado y creo que la confirmación definitiva la tuve cuando me operaron del codo: pedía tantas botellas de agua a las enfermeras que terminaron por preguntar a mi marido (que por aquella época era mi novio) si era diabética... ese día me dije a mi misma "tengo un problema".
Y no es fácil, porque la gente no te cree. Cada vez que voy al médico con un constipado (o lo que sea) siempre pasa lo mismo:

Médico: Tómate este mejunje asqueroso (que sabe a rata muerta y que en realidad no te va a hacer nada pero con el que vas a sentirte mucho mejor) cada ocho horas y bebe mucha agua.
Yo misma: Ya bebo mucha agua.
Médico: ¿Cuánta consideras tú mucha?
Yo misma: Uuummmm... ¿unos 4 litros al día?

Entonces el médico me mira, se va quedando de todos los colores del arco iris y me dice: "vale, es suficiente".
¿Por qué me pasa? Supongo que porque está rica... y porque cada vez que me acuerdo de ella me entra sed: cuando veo a un perro chupando de un charco, cuando llueve, cuando veo el mar, cuando hago pis (es por el ruido... ¡¡estoy enfermaaaa!!), cuando alguien dice la palabra "agua", cuando veo un anuncio en la tele en el que alguien está bebiendo... ¡¡¡aaaahhhhh!!!, ¡¡qué sed!! Ahora vuelvo...

Tres tragos más tarde...

Tengo que salir a la calle con una botella en el bolso porque mi lengua se va poniendo estropajosa por segundos, y cuando se me acaba el agua es peor porque mi cerebro no para de mandarme mensajes en Morse (con el consiguiente dolor de cabeza) en plan "vas a morir de sed", "si no bebes agua ahora mismo vendrá una manada de ñues y te deborarán", "el 75% del cuerpo de los humanos es agua... y en tu caso es el 95%... pero como no te hidrates ahora mismo te vas a arrugar como una pasa y vendrán unos científicos locos y te encerrarán en un laboratorio para analizarte y no volverás a ver a tu familia, ni a tener peluches ni a comprarte pegatinas"... y entonces me entra más sed, cunde el pánico y soy capaz de matar por conseguir un sorbito...
Y encima hay que aguantar a esas personas que te dicen "qué sed tengo" y beben un poquito, lo justo para que se les moje la lengua... ¿eso es sed?, ¡¡yo de un sorbo me bebo casi medio litro!! Lo que explicaría por qué paso 12 horas al día en el baño...
Así que desde aquí reivindico mi derecho a llevar una garrafa de cinco litro atada a la espalda y con un pajita gigante desde la que poder chupar... ¿acaso le hago daño a alguien?

Voy a beber agua... otra vez...

4 de abril de 2008

Mi instinto homicida.

Soy una mala persona; peor aún... soy una mala madre. Yo quiero a mis peces, lo juro. He visto nacer a casi todos en el acuario (si llego a saber que los Guppys son tan "activos" me compro un conejo... ¡¡seguro que tendría menos crías!!), y los que adopté llevan tanto tiempo en casa que son como de la familia. Les alimento (cuando me acuerdo), les limpio el acuario, intento exterminar la plaga de caracoles que están en plan okupa... pero a veces tengo pensamientos malvados...
Cuando hago manualidades uso un vaso de plástico para ir dejando los pinceles en agua o en disolvente, depende del caso, y cuando el líquido en cuestión está muy sucio (o me quedo sin pinceles) voy a la cocina a limpiarlo todo. Recorro el pasillo con el bote, los pinceles y el colocón por culpa del olor del disolvente y entonces, al final del pasillo... veo el acuario. Grande. Luminoso. Lleno de pececillos que rebolotean de un lado a otro. Criaturitas multicolor que me hacen la ola cuando me acerco con el bote de comida y que me dan besitos cuando meto mi manaza en su mundo para quitar las algas de los cristales. Y entonces la crueldad se apodera de mí y pienso "¿qué pasaría si hecho una gotita de pintura ahí dentro?, ¿o si meto la puntita de un pincel?".
Jamás lo haría. Antes tiraría el líquido por la ventana y me enfrentaría a la furia de la vecina al descubrir su ropa destrozada que torturar a mis animalillos pero... ¿por qué pienso eso?, ¿acaso habita en mi un ente malvado que odia el pescado y trata de obligarme a ser su cómplice en su terrorífico plan de exterminio?, ¿o es parte de la curiosidad humana, como cuando pienso qué pasaría si un virus exterminase a toda la humanidad y me salvase sólo yo, pudiendo acceder de manera gratuita a todas las tiendas de pegatinas y de peluches del mundo?
La cuestión es que siempre que pasa eso me siento culpable y acabo pegada al cristal del acuario, mirando con carita de "yo no quería" a mis diminutas mascotas y sabiendo que jamás podré trabajar en una tienda de peces porque mi instinto asesino se multiplicaría por mil, no podría controlarlo, acabaría asesinándolos a todos, me meterían a las cárcel y ahí dentro no podría tener pegatinas, que sería el peor de los castigos.

2 de abril de 2008

Mi cabeza de chorlito ataca de nuevo...

... y es que es normal si el despertador empieza sonar, cual animal poseído por el demonio y con un ataque de artritis super doloroso, a las 6:50 de la madrugada... ¿a dónde iba yo a esas horas? Ese dato está protegido por secreto de sumario... jejejeje...
Esta vez no me he dejado la cartera. Ni la radio del coche. Ni el libro. Ni los papeles que tenía que llevar... me he dejado el móvil... ¡¡el móvil!! Y ha sido aún más doloroso que dejarme la cartera, en serio.
Vale, he podido sacar el coche del parking pero... ¡¡¡no tenía móvil!!!, ¡¡¡ni hora!!! (mi aita me regaló un reloj precioso en la Navidad de hace dos años... y es tan bonito que me da miedo que se estropee, así que lo dejo en la balda del baño el 99% de los casos... y cuando me lo pongo acaba metido en el bolso, no vaya a ser que se raye... lo sé, no tengo remedio...). Se me han ocurrido millones de fotos que sacar (y eso que casi nunca uso la cámara), tropecientos mensajes que enviar y doscientas llamadas que hacer... ¡¡¡pero no tenía móvil!!!
¿Cómo pude sobrevivir los primeros 20 años de mi vida sin móvil?, ¿cómo podía pasar sin llamar a la gente en el momento en el que me pasaba algo?, ¿cómo podía llevar a diario un reloj de pulsera porque no tenía un móvil con hora dentro del bolso?, ¿cómo era el mundo sin personas "hablando solas" por la calle?, ¿cómo me entretenía sin jueguecitos y mensajes viejos que revisar en la cola del super o esperando al bus?
Es todo un misterio.
Por eso, desde aquí, quiero hacer un homenaje a mi primer móvil. No recuerdo la marca... ni el modelo (no es algo raro en mi... tras la primera clase práctica del carnet de conducir, el único dato técnico que era capaz de dar sobre el coche era "es gris"). Pero sé que era verde, cuadrado, con antena y con un tono de llamada que desquiciaba a todos los que me rodeaban. Y que los mensajes salían poco a poco en la parte inferior de la pantalla (como lo que hacen ahora en las noticias de la tele... ni que hubiesen inventado nada nuevo...). Y que la pantalla era en blanco y negro, con una lucecilla anaranajda de fondo.
No tenía juegos, ni era capaz de almacenar tantos datos como para abrumar a cualquier ordenador con más de 2 años de antigüedad... pero fue mi primer móvil... y con él viví grandes aventuras.
Cada vez que escucho aquel tono de llamada, que era similar al alarido de un millón de crías de escarabajo pelotero cantando una sonata a la luz de las velas sabiendo que van a morir aplastadas en la siguiente milésima de segundo, me da un vuelco al corazón. Y es que me acuerdo de él... ¡¡¡larga vida al recuerdo de nuestro primer móvil!!

P.D. Ahora tengo un Nokia negro... no es que se haya portado mal conmigo pero... ¡¡odio los Nokia!!
2ª P.D. Después de mucho cachondeo pro parte de mi familia, averigüé que el coche de las prácticas era un Nissan Almera... creo que mi profesor aún no se ha recuperado del ataque de risa que le entró cuando le pregunté qué coche era...
3ª P.D. La cuenta atrás continúa... sólo faltan 4 días...

25 de marzo de 2008

Operación rescate.

El patio de mi casa es particular, cuando llueve se moja, como los demás... jajajajaja... bueno, paranoias aparte, empezaré esta entrada diciendo que el patio en el que cuelgo la ropa es de esos en los que como se te caiga algo vas listo, porque tienes que pedirle la llave al dueño para poder entrar y conseguir eso es más difícil que logar una audiencia con el Papa... así que la primera vez que una zapatilla de baño decidió hacer puenting sin cuerda y acabó espachurrada en el fondo del patio junto a unas 30 pinzas (también mías... es que soy un poco torpe), decidimos comprar un anzuelo y pescarla. Desde entonces hemos tenido que rescatar unas cuantas cosas (la funda de una almohada, una camiseta, un calcetín, el tapón metálico de la fregadera -algún día contaré cómo se me cayó-...)... pero el otro día se me escapó algo... y no acabó en el suelo... ¡¡sino encajado en uno de esos salientes que hay en las paredes de los patios y que sólo sirven para acumular mierda!!
Ese saliente en concreto está justo debajo de la ventana de la vecina del primero, cosa que podría haber facilitado la recuperación del elemento en sí (aunque no sé yo, porque la última vez que mi calcetín blanco y negro a rayas acabó en su cuerda, fue tan torpe que terminó por tirarlo al suelo al ir a cogerlo... ¡¡patán!!)... si no llega a ser una braga. No me hubiese importado bajar y pedirle que recupere un calcetín, una camiseta, un trapo... o lo que sea... ¿pero una braga? Me daba palo. Ya lo sé, soy idiota. Todos usamos bragas (bueno, menos Aída) o calzoncillos... pero tampoco queremos que el resto del mundo tenga una prueba tangible de ello, ¿no?
Así que la pobre ha estado allí, arrugada, mojándose con la lluvia mugrienta y acumulando polvo hasta que hoy, por fin, nos hemos decidido a rescatarla (se me partía el corazón cada vez que colgaba ropa y la escuchaba decirme "sálvame, sálvame") aprovechando un momento en el que no había ropa colgada.
Hemos atado el pedazo de anzuelo (da miedo sólo de verlo, tiene cuatro pinchos amenazantes) a un carrete de pita, lo hemos lanzado y, tras conseguir engancharla, hemos ido subiéndola poco a poco, aguantando la respiración al rozar las cuerdas de la vecina ya que ha estado a punto de caerse.
Mi braga ha vuelto a casa. Está en el cesto de la ropa, esperando pacientemente su turno para entrar en la lavadora... aunque supongo que le dará algo de miedo cuando vaya a colgarla... pero cuando la devuelva al cajón con el resto de sus hermanas será una braguita feliz. Eso seguro.
Sólo hay una cosa que me inquieta... ¿y si la vecina estaba mirando por la ventana en el momento en el que la hemos ido subiendo?, ¿qué habrá pensado al ver volar una braga enganchada a un anzuelo? (recordemos que la pita es transparente), ¿debería sentirme culpable si acaba encerrada en un psiquiátrico gritando "¡¡la braga voladora me persigueeeeee!!"?
Habrá que ver qué pasa...